Cada vez veo más batallas verbales y menos comunicación.

Enciendo la televisión, entro en redes o escucho un diálogo en un entorno colectivo y, en vez de ver a dos personas intentando intercambiar opiniones, veo dos posturas enfrentadas atacándose con la única idea de desmontar la verdad que tiene enfrente. Ni hablemos de lo que sucede cuando las fuerzas no están equilibradas y una postura está en minoría… ¿Te suena esta situación?

Esto es muy común verlo en podcast o en debates políticos. Y sí, soy muy consciente que, sobre todo en redes, el conflicto vende. Y no quiero entrar en este post en el tema de vender nuestra verdad y forma de ser para conseguir likes como forma de prostitución de nuestra autenticidad, eso me dará para otra entrada. Quiero que hablemos de si hemos perdido la capacidad de hablarnos de forma asertiva y coherente. Y, como siendo parte del problema, nos sentimos tremendamente ofendidos cuando recibimos de nuestra propia medina cuando nos toca estar al otro lado.

El acto de comunicarnos, en la concepción original y asertiva del término, es una en la que escuchamos al otro con una postura abierta, desde nuestra verdad, para hacernos entender y poder responder de forma adecuada (entendiendo adecuada como respetuosa, asertiva y que aporte al diálogo). Desde ahí podremos rebatir con argumentos las ideas del interlocutor o usar la verdad contraria para nutrir la nuestra.  Para ello, es imprescindible aceptar que nuestra mirada siempre va a estar sesgada por nuestra experiencia y creencias, al igual que la de la otra persona. Y que, precisamente, esa idea es la que hace interesante el intercambio. No quien gane esa “batalla”.

Como observadora me surgen muchas preguntas: ¿Estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos ya sea por la pérdida de referentes positivos o porque son competencias que deberían ser trabajadas de forma explícita?  ¿Cuánta tolerancia tenemos a la verdad del otro? ¿La verdad que exponemos es una cuestionada y trabajada? O, ¿es una verdad dogmática? Una que habitualmente nace de nuestra herida y que se construye en base a unas palabras que gritan justicia, ya sean de nuestra boca o de la de una persona que también lo comunicó desde ahí.

Todos somos muy fans de esos grandes oradores que ponen palabras a nuestro sentir de una forma equilibrada y neutra. Una forma que transmite paz y parece no llevar a una guerra interna a los ponentes. ¿Qué los diferencia a estos de los arriba mencionados?

Para entender la diferencia me gustaría compartirte una reflexión que me acompaña desde hace años:

“Si vas a compartir tu verdad con el mundo, que sea porque deseas regalarte la experiencia de abrirte a la verdad de los demás para expandir tu conciencia. Si compartes tu verdad para imponerla o convencer a los demás, quizá sea mejor guardar silencio, volver a tu interior y revisar esa verdad.

Cuando una verdad ha sido realmente cuestionada e integrada, no hay necesidad alguna de imponerla o buscar validación.

Y la forma en que los demás la reciben deja de ser una amenaza para convertirse en una oportunidad de comprensión.”

Estoy convencida que la gran diferencia entre ellos es que un grupo son los que se han permitido abrir su propia caja de Pandora y trabajar las emociones que le mueven ciertas verdades y los otros son los que aún no se han atrevido a hacer ese trabajo.

El primer tipo de personas, se ha rendido ante lo que está viviendo. Han entendido que esa rabia que sienten les trae un mensaje de injusticia y lo exploran. Pero, también ha entendido que esa postura, aun siendo necesaria para reivindicar nuestros derechos, no debe gobernar nuestras acciones. Porque desde ese lugar podemos conseguir ciertos pasos pero no conseguir paz interior. Y me parece imprescindible aclarar que, cuando digo rendirse, no me refiero a tirar la toalla, sino a aceptar completamente la situación y soltar cualquier tipo de resistencia para abrirse a nuevas perspectivas y soluciones.

¿En qué momento vas a soltar tu propia guerra y vas a atreverte a ser esa voz sabia que trascendió el problema y puede acompañar a otras personas en ese mismo proceso?

Muchos me leerán y asentirán con la cabeza pero se sentirán incapaces de soltar su armadura. ¿Por qué sucede esto? Te doy respuesta a esta pregunta con otra:

¿Quién serías si te sales de esa batalla que te otorga identidad, da sentido a tu vida y te invita a levantarte cada día?

Nos da tanto miedo dar ese paso que justificamos estar en guerra toda la vida.

Vivir en este mundo de locos sin que nos robe tanta paz es posible, pero para comenzar , volvamos a la pregunta inicial: ¿hemos perdido la capacidad de comunicarnos de forma sana y eligiendo aprender de la verdad del otro?

Con amor, Inma.

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