Supongo que coincidirás conmigo en que el mundo últimamente se está volviendo loco.

Y estoy reflexionando mucho sobre la sensación que tengo últimamente de que no puedo hablar ni pensar libremente. O mejor dicho: pensar distinto de lo que una parte de la población considera que es correcto si no deseo ser descalificada o se me imponga una etiqueta al más puro estilo de La letra escarlata.

A veces, incluso, he llegado a sentir temor de hablar por parecer que mis palabras, por más que las cuide, siempre encontrarán una persona que las sienta como flechas apuntando a una diana.

Lo primero que me cuestioné, como siempre hago, es la postura de responsabilidad. Revisando lo que sé sobre comunicación no violenta, reflexioné si realmente mis opiniones eran hirientes, irrespetuosas o estaban necesitadas de una actualización inminente. Y, aunque por supuesto todo es mejorable, creo que mi verbo era amable y sin intención dañina. Esto me llevó a una verdad muy incómoda: “Hasta la más bella persona puede ser percibida como un verdugo a través de los ojos de una persona herida.” (Manual para amarse, amar y ser amado)

Otra verdad incómoda es que, como sociedad, somos tremendamente inmaduros. Hasta que no trabajemos nuestras heridas y sombras y realmente integremos la verdad de unos reales valores humanos (y esto no tiene  nada que ver con la religión), seguiremos culpando al vecino con una venda en los ojos que nos hará ignorar a los verdaderos responsables: unos gobernantes con una inmensa sed de poder a quienes no les interesa un pueblo libre y soberano.

Por un tiempo, empecé a pensar que todos mis pensamientos, fruto de un profundo discernimiento y de mi experiencia vital, que ya abarca casi medio siglo, estaban completamente equivocados. Efectivamente, no espero que todo el mundo piense igual que yo. De hecho, amo la pluralidad y la diferencia de pensamiento porque creo que me hacen cuestionar mi propia verdad, la nutre y la ensancha. Pero comencé a observar cómo mi coherencia iba en contra de una gran parte de la corriente pública y del discurso popular. ¿Qué estaba sucediendo de forma tan rápida en el mundo para que algunas personas se sintieran ofendidas ante mi visión de la vida aparentemente amorosa y hasta este momento conciliadora?

Observé y detecté que lo que molesta u ofende de mi forma de pensar y de mis palabras, es que ofrecen una puerta al pensamiento crítico como una inmensa bandeja de posibilidades a la masa dormida para que puedan comenzar su propio cuestionamiento del tiempo presente. Uno que sin duda no necesita más dogmas ni ideologías, sino más corazón y discernimiento.

Como siempre he dicho:

El mundo está profundamente enfermo y el diagnóstico es falta de amor, comprensión, compasión, escucha activa…

Esto nos pone a todos frente a la necesidad de buscar argumentos sólidos para construir nuestra forma de pensar, no a volcar un mensaje aprendido. Y aquí te puedo asegurar que estamos todos.

Vivimos anestesiados por un algoritmo que nos roba la paz, por eventos naturales ofrecidos como circo y por una manipulación de los medios que parece alcanzar dimensiones difíciles de ignorar. ¿Acaso esta vida nos permite pararnos y hacernos las preguntas lógicas para poder formarnos nuestro propio criterio sobre los acontecimientos que vivimos como sociedad viviendo cada vez más deprisa?

Los medios se han convertido en un juego de manos donde con una te enseñan una cosa y con la otra te reinterpretan una realidad sesgada que difícilmente podremos discernir con tanta intoxicación de información.

Entre la pérdida de poder adquisitivo, la crisis de vivienda, un Estado de bienestar que se derrumba y diferentes ideologías que nos han hecho cuestionarnos hasta quiénes somos y lo que es coherente respecto a libertad y tolerancia, nos encontramos frente a políticos feriantes que lejos de ejercer su función de representar la pluralidad de intereses nos venden una perversa estrategia que no nos ayuda y que además nos enfrenta.

Pero aquí me gustaría ofrecer una mirada diferente. Estoy absolutamente convencida de que si cada ser humano se posiciona en una coherencia interna total, moral, ética, social y económica, encontraríamos rasgos comunes de las diferentes posiciones políticas.

Porque tenemos voz aunque no exista un movimiento político que nos represente.

Estoy convencida de que ese es el motivo por el que muchas personas permanecen adheridas a ideologías políticas y es por un tema de identidad. ¿Quién sería yo si no tengo detrás una ideología que me vaya guiando y me represente? Y seguramente eso sea la idea que deba morir para renacer una forma nueva de convivir. Porque la actual no funciona…y ya es hora de dejar de buscar culpables y empezar a construir soluciones.

Fascismo, delitos de odio, xenofobia, homofobia… ¿Acaso somos conscientes de la magnitud de esas palabras? Utilizando conceptos tan nobles como integración, tolerancia e igualdad estamos viendo acontecimientos que resultan completamente antagónicos a su significado.

Como integradora social he estudiado en profundidad estos conceptos y puedo asegurar que tolerar o aceptar ciertas cosas por imposición está muy lejos de encarnar estos objetivos tan nobles.

¿Desde cuándo expresar una opinión contraria o disconforme con los hechos se ha tildado de delito de odio? ¿No será que usan esas palabras con extrema ligereza para que no podamos expresar nuestra verdad por miedo a ser acusados? ¿No estarán llegando incluso a manipular nuestro pensamiento crítico?

Hay algo de todo esto que me recuerda al gaslighting (una forma de manipulación que busca hacerte dudar de tu propia percepción de la realidad). Y me pregunto si algunas ideologías o discursos no están reproduciendo, consciente o inconscientemente, una dinámica parecida para desdibujar los valores éticos más básicos.

Y elijo, conscientemente, no decir tolerancia. Porque esta ha sido el arma para manipular la coherencia de una sociedad que prefiere mirar a otro lado para no enfrentar una verdad distópica. Lo que el momento actual necesita es más coherencia y acción real, no palabras llenas de odio y comentarios vacíos tras el cristal de seguridad de una red social.

Y sí. Sé que todas y cada una de las líneas que estás leyendo están impregnadas del sesgo de mi pensamiento. Por lo tanto, te pido que no aceptes nada directamente por válido, sino que te cuestiones cada palabra de lo que he dicho porque precisamente de eso va este artículo.

Porque todos los pensamientos, perspectivas e ideas que a nosotros llegan pueden e incluso diría que deben verse como alimento para nutrir, cuestionar y ensanchar nuestra realidad, dándonos argumentos que nos aporten una profunda seguridad.

Así que para terminar deseo hacerte una última pregunta: ¿hasta dónde te atreves a cuestionar tu propia realidad y a transformarte junto a ella?

Con amor, Inma.

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